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LA REDENCIÓN DE ARIEL SHARON

Veinticuatro años después de los acuerdos de paz para Galilea, Israel volvió, el año pasado, a bombardear a Líbano, incluso con bombas de fósforo prohibidas, causando 175 civiles muertos y la devastación del país. Acción ésta que no se justifica con los pretextos de liberación de dos soldados israelíes en manos de la resistencia Hezbolá y que deja, para muchos, en claro los propósitos reales de Tel Aviv y Washington, traducidos en planes hegemónicos en la región. La situación es fomentada por la ocupación norteamericana de Iraq. También en Gaza el ejército israelí comete un genocidio y ha dejado una catástrofe humanitaria. En el Consejo de Seguridad de la ONU, el veto estadounidense volvió a impedir la condena de Israel.
Como objetivo más inmediato, Israel se propone acabar con la resistencia de Hamas en Gaza y de Hezbolá en Líbano. Todo se mueve alrededor del desmantelamiento de esas milicias, sin que no haya nadie que defienda la dignidad de esos territorios. Para algunos la cadena resulta evidente: con Líbano dominado por Tel Aviv, amparado por Washington, sería más fácil dirigir un ataque militar contra Siria; luego le tocaría el turno a Irán. Por lo pronto, el propósito es asfixiar geográficamente a Damasco. Irán anunció que en caso de agresión a Siria, le brindará apoyo total a esa nación.
Mientras Israel agredía simultáneamente a los pueblos palestino y libanés, el veto de Estados Unidos a la resolución de condena en el Consejo de Seguridad anula cualquier rechazo a los ataques sionistas. A esto se aúna la indiferencia de la comunidad internacional y de la Unión Europea. Nadie sanciona el irrespeto de Tel Aviv a la Convención de Ginebra sobre el Derecho Internacional Humanitario en conflictos.
En una pública Declaración el argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, ha calificado a Israel como “un Estado terrorista”, señalando: “Es doloroso tener que señalar los comportamientos aberrantes que el Estado de Israel viene cometiendo contra el pueblo palestino, atacando, destruyendo, oprimiendo y masacrando a la población, mujeres, niños, jóvenes son víctimas de esas atrocidades que no podemos callar y debemos denunciar y reclamar”.
Pensemos en Ariel Sharon. “Homicida”, “asesino”, “criminal de guerra”, “terrorista”, “comandante en jefe de un escuadrón de la muerte”: ninguna de estas palabras podrán ser encontradas en las notas difundidas por la prensa luego del derrame cerebral sufrido por el Primer Ministro israelí Ariel Sharon. Ello no sorprende. Sharon ha sido presentado como “hombre de paz” luego de la retirada de Gaza aunque se haya señalado que su único objetivo era facilitar el mantenimiento de la ocupación ilegal de vastos territorios de Cisjordania. Más tarde, a raíz de su controversia con líderes más extremistas y que insistían en seguir soñando con el Gran Israel, Ariel Sharon fue presentado como “centrista”.
Se pretende olvidar (o lo que es peor, quizá se reconoce como una virtud) que Ariel Sharon comenzó su carrera en la organización terrorista Haganah. A inicios de los años cincuenta dirigió un escuadrón de la muerte, la Unidad 101, que asesinaba civiles árabes para obligar a sus familias a abandonar sus tierras. A la cabeza de este escuadrón masacró a toda la población de la ciudad jordana de Qibya. Convertido en general, en justicia de sus actos de heroísmo durante la Guerra de los Seis Días, invadió el Líbano con sus unidades por iniciativa propia y desobedeciendo las órdenes del estado mayor. Una vez en Beirut, rodeó los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila y comenzó a exterminar a la población. Al no contar con suficientes hombres, confía a las milicias cristianas del mercenario Elie Hokeiba la tarea de terminar el trabajo. Juzgado por crímenes de guerra por un tribunal israelí, se le prohíbe ocupar cualquier puesto ministerial.
A comienzos del siglo XXI realizó nuevas provocaciones, las cuales inducen a la segunda Intifada. Se descubre entonces que la decisión que le prohibía ser ministro no le impedía ser Primer Ministro. Promete reprimir la Intifada que él mismo había provocado y es electo Primer Ministro. Rompe entonces con los partidarios del Gran Israel y organiza el nuevo despliegue del ejército de forma que fueran ocupados todos los territorios posibles al tiempo que hace operativa su defensa. Burlándose de la comunidad internacional construye un muro para modificar las fronteras de manera unilateral, luego repliega a los colonos y a sus tropas detrás del mismo y anexa de forma definitiva una parte de los territorios palestinos. Participa al mismo tiempo en una operación de limpieza política que preveía la eliminación física de Yasser Arafat y otros líderes, la censura de las candidaturas palestinas más representativas y el arreglo de las elecciones palestinas, la elección por defecto de Mahmud Abbas y, finalmente, la creación de Kadima, su propio partido político.
A todo lo largo de su carrera militar y, posteriormente, política, Ariel Sharon fue culpable, directa o indirectamente, de abusos y asesinatos en masa contra las poblaciones árabes. Violó el derecho internacional y pisoteó las resoluciones de Naciones Unidas al privar a poblaciones completas de cualquier esperanza de justicia. Sin embargo, estos crímenes son apenas mencionados en la prensa que prefiere describirnos a un nacionalista convertido en pragmático en su ancianidad y que ofreció una oportunidad a la paz al organizar la retirada israelí de Gaza. Ningún diario recuerda que luego de esta retirada la aviación y la artillería pesada se encargan de bombardear las ciudades palestinas. Con ello, los cronistas, editorialistas y expertos demuestran un desprecio infinito por las vidas palestinas.
En The Independent, el ex ministro conservador británico de Relaciones Exteriores, Malcolm Rifkind, lamentó la desaparición de Ariel Sharon, acontecimiento que compara con el asesinato de Yitzhak Rabin. Paradójicamente, el autor no se esfuerza demasiado en ocultar los abusos cometidos por aquel cuya desaparición siente. Recuerda la invasión del Líbano, la masacre de Sabra y Shatila, la escalada de la colonización y la provocación de Al–Aqsa. Pero, no obstante, considera que Sharon era el único capaz de lograr que los israelíes aceptaran la existencia de un Estado palestino.
El psiquiatra y editorialista neoconservador, reciente promotor del empleo de la tortura en la “guerra contra el terrorismo”, Charles Krauthammer, lamentó en el Washington Post la desaparición de Ariel Sharon de la vida política, el peor desastre que sacude a Israel en los últimos sesenta años, según él.
Yoel Marcus, editorialista de Ha’aretz, el diario de referencia de la izquierda israelí, saluda al “Charles de Gaulle israelí”, al hombre electo por la extrema derecha que organizó la retirada de Gaza. Lamenta que los palestinos no hayan sabido aprovechar la “oportunidad”, pero afirma, llevando aún más lejos la lógica culturalista con relación a la llamada falta de contraparte para la paz, que “los árabes serán siempre los árabes”.
Aunque predominante en la prensa occidental, la representación positiva del Primer Ministro israelí se ve matizada por algunos autores valientes y muy aislados. De esta forma, Gideon Levy, editorialista de izquierda de Ha’aretz, publica una opinión contraria a la de su colega Yoel Marcus. En su opinión, el balance de la política de Ariel Sharon con relación a Israel es globalmente negativo. Recuerda que el Primer Ministro llevó a cabo la colonización de los territorios ocupados, lanzó la invasión israelí contra el Líbano y participó en el fortalecimiento de Hamas. Para el autor, la retirada de Gaza constituye un acto de contrición respecto de la primera política, pero señala que Hamas seguía sacando provecho de la política de Ariel Sharon y que en estos momentos las tensiones con Irán llegan al paroxismo.
Yasser Abed Rabbo, ex ministro de la Autoridad Palestina y negociador de la iniciativa de Ginebra, es uno de los pocos dirigentes árabes que puede ofrecer su opinión sobre el tema en entrevista concedida al diario Le Monde: recuerda por qué los palestinos no notaron el “cambio” en el ocaso de la carrera de Ariel Sharon. Menciona la incursión de Qibya, la masacre de Sabra y Shatila y la operación de Jenin, elementos que explican porqué, contrariamente a la opinión occidental, para los palestinos la desaparición de Ariel Sharon no es la de un hombre de paz.
Como objetivo más inmediato, Israel se propone acabar con la resistencia de Hamas en Gaza y de Hezbolá en Líbano. Todo se mueve alrededor del desmantelamiento de esas milicias, sin que no haya nadie que defienda la dignidad de esos territorios. Para algunos la cadena resulta evidente: con Líbano dominado por Tel Aviv, amparado por Washington, sería más fácil dirigir un ataque militar contra Siria; luego le tocaría el turno a Irán. Por lo pronto, el propósito es asfixiar geográficamente a Damasco. Irán anunció que en caso de agresión a Siria, le brindará apoyo total a esa nación.
Mientras Israel agredía simultáneamente a los pueblos palestino y libanés, el veto de Estados Unidos a la resolución de condena en el Consejo de Seguridad anula cualquier rechazo a los ataques sionistas. A esto se aúna la indiferencia de la comunidad internacional y de la Unión Europea. Nadie sanciona el irrespeto de Tel Aviv a la Convención de Ginebra sobre el Derecho Internacional Humanitario en conflictos.
En una pública Declaración el argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, ha calificado a Israel como “un Estado terrorista”, señalando: “Es doloroso tener que señalar los comportamientos aberrantes que el Estado de Israel viene cometiendo contra el pueblo palestino, atacando, destruyendo, oprimiendo y masacrando a la población, mujeres, niños, jóvenes son víctimas de esas atrocidades que no podemos callar y debemos denunciar y reclamar”.
Pensemos en Ariel Sharon. “Homicida”, “asesino”, “criminal de guerra”, “terrorista”, “comandante en jefe de un escuadrón de la muerte”: ninguna de estas palabras podrán ser encontradas en las notas difundidas por la prensa luego del derrame cerebral sufrido por el Primer Ministro israelí Ariel Sharon. Ello no sorprende. Sharon ha sido presentado como “hombre de paz” luego de la retirada de Gaza aunque se haya señalado que su único objetivo era facilitar el mantenimiento de la ocupación ilegal de vastos territorios de Cisjordania. Más tarde, a raíz de su controversia con líderes más extremistas y que insistían en seguir soñando con el Gran Israel, Ariel Sharon fue presentado como “centrista”.
Se pretende olvidar (o lo que es peor, quizá se reconoce como una virtud) que Ariel Sharon comenzó su carrera en la organización terrorista Haganah. A inicios de los años cincuenta dirigió un escuadrón de la muerte, la Unidad 101, que asesinaba civiles árabes para obligar a sus familias a abandonar sus tierras. A la cabeza de este escuadrón masacró a toda la población de la ciudad jordana de Qibya. Convertido en general, en justicia de sus actos de heroísmo durante la Guerra de los Seis Días, invadió el Líbano con sus unidades por iniciativa propia y desobedeciendo las órdenes del estado mayor. Una vez en Beirut, rodeó los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila y comenzó a exterminar a la población. Al no contar con suficientes hombres, confía a las milicias cristianas del mercenario Elie Hokeiba la tarea de terminar el trabajo. Juzgado por crímenes de guerra por un tribunal israelí, se le prohíbe ocupar cualquier puesto ministerial.
A comienzos del siglo XXI realizó nuevas provocaciones, las cuales inducen a la segunda Intifada. Se descubre entonces que la decisión que le prohibía ser ministro no le impedía ser Primer Ministro. Promete reprimir la Intifada que él mismo había provocado y es electo Primer Ministro. Rompe entonces con los partidarios del Gran Israel y organiza el nuevo despliegue del ejército de forma que fueran ocupados todos los territorios posibles al tiempo que hace operativa su defensa. Burlándose de la comunidad internacional construye un muro para modificar las fronteras de manera unilateral, luego repliega a los colonos y a sus tropas detrás del mismo y anexa de forma definitiva una parte de los territorios palestinos. Participa al mismo tiempo en una operación de limpieza política que preveía la eliminación física de Yasser Arafat y otros líderes, la censura de las candidaturas palestinas más representativas y el arreglo de las elecciones palestinas, la elección por defecto de Mahmud Abbas y, finalmente, la creación de Kadima, su propio partido político.
A todo lo largo de su carrera militar y, posteriormente, política, Ariel Sharon fue culpable, directa o indirectamente, de abusos y asesinatos en masa contra las poblaciones árabes. Violó el derecho internacional y pisoteó las resoluciones de Naciones Unidas al privar a poblaciones completas de cualquier esperanza de justicia. Sin embargo, estos crímenes son apenas mencionados en la prensa que prefiere describirnos a un nacionalista convertido en pragmático en su ancianidad y que ofreció una oportunidad a la paz al organizar la retirada israelí de Gaza. Ningún diario recuerda que luego de esta retirada la aviación y la artillería pesada se encargan de bombardear las ciudades palestinas. Con ello, los cronistas, editorialistas y expertos demuestran un desprecio infinito por las vidas palestinas.
En The Independent, el ex ministro conservador británico de Relaciones Exteriores, Malcolm Rifkind, lamentó la desaparición de Ariel Sharon, acontecimiento que compara con el asesinato de Yitzhak Rabin. Paradójicamente, el autor no se esfuerza demasiado en ocultar los abusos cometidos por aquel cuya desaparición siente. Recuerda la invasión del Líbano, la masacre de Sabra y Shatila, la escalada de la colonización y la provocación de Al–Aqsa. Pero, no obstante, considera que Sharon era el único capaz de lograr que los israelíes aceptaran la existencia de un Estado palestino.
El psiquiatra y editorialista neoconservador, reciente promotor del empleo de la tortura en la “guerra contra el terrorismo”, Charles Krauthammer, lamentó en el Washington Post la desaparición de Ariel Sharon de la vida política, el peor desastre que sacude a Israel en los últimos sesenta años, según él.
Yoel Marcus, editorialista de Ha’aretz, el diario de referencia de la izquierda israelí, saluda al “Charles de Gaulle israelí”, al hombre electo por la extrema derecha que organizó la retirada de Gaza. Lamenta que los palestinos no hayan sabido aprovechar la “oportunidad”, pero afirma, llevando aún más lejos la lógica culturalista con relación a la llamada falta de contraparte para la paz, que “los árabes serán siempre los árabes”.
Aunque predominante en la prensa occidental, la representación positiva del Primer Ministro israelí se ve matizada por algunos autores valientes y muy aislados. De esta forma, Gideon Levy, editorialista de izquierda de Ha’aretz, publica una opinión contraria a la de su colega Yoel Marcus. En su opinión, el balance de la política de Ariel Sharon con relación a Israel es globalmente negativo. Recuerda que el Primer Ministro llevó a cabo la colonización de los territorios ocupados, lanzó la invasión israelí contra el Líbano y participó en el fortalecimiento de Hamas. Para el autor, la retirada de Gaza constituye un acto de contrición respecto de la primera política, pero señala que Hamas seguía sacando provecho de la política de Ariel Sharon y que en estos momentos las tensiones con Irán llegan al paroxismo.
Yasser Abed Rabbo, ex ministro de la Autoridad Palestina y negociador de la iniciativa de Ginebra, es uno de los pocos dirigentes árabes que puede ofrecer su opinión sobre el tema en entrevista concedida al diario Le Monde: recuerda por qué los palestinos no notaron el “cambio” en el ocaso de la carrera de Ariel Sharon. Menciona la incursión de Qibya, la masacre de Sabra y Shatila y la operación de Jenin, elementos que explican porqué, contrariamente a la opinión occidental, para los palestinos la desaparición de Ariel Sharon no es la de un hombre de paz.
BUCHENWALD Y AUSCHWITZ

27 de enero de 1945. El Ejército Rojo libera el campo de exterminio de Auschwitz. Buchenwald se autolibera el 11 de abril de ese mismo año bajo la dirección del Partido Comunista alemán. La elite política alemana quiere minimizar este hecho, dando importancia a su uso por la URSS después de la II Guerra Mundial. Los alemanes llaman a Weimar, situada en Turingia, "la ciudad de los poetas y pensadores" porque fue uno de sus más importantes centros culturales en los siglos XVIII y XIX. Nombres como Johann Wolfgang von Goethe y Franz Liszt se asocian a ella. Sin embargo, en sus afueras se halla, literalmente, una fábrica de muerte, planeada también por mentes alemanas entre 1937 y 1945: Buchenwald.
"No sabíamos nada de eso", era una respuesta que los aliados escucharon muy a menudo cuando en 1945 liberaron un campo de concentración tras otro. El 15 de abril de ese año el comandante estadounidense de Weimar estaba harto de tanta hipocresía. Tuvo una orden para el alcalde: reunir a mil ciudadanos para que fueran a ver lo que aseguraban no haber conocido. El grupo lo componían personas de los dieciocho hasta los cuarenta y cinco años, en primer lugar miembros y funcionarios nazis. Dos tercios deberían pertenecer a la clase alta, un tercio a la baja. El alcalde informó de que la marcha iba a durar seis horas, acompañada por médicos y ambulancias.
Los forzados visitantes del campo de concentración tenían mucha más suerte que los doscientos cincuenta mil infelices que entre 1937 y 1945 pasaron por Buchenwald. Las guardias de las SS tenían el derecho a asesinar a los enfermos y débiles por las razones que más les parecieran convenientes o, también, sin ninguna de ellas. La administración del campo registró sesenta y cinco mil fallecimientos. El ejército de EEUU grabó la visita de los weimarianos que vieron a los muertos, esqueléticos, amontonados delante del crematorio y otros, más muertos que vivos, de los veintiún mil que sobrevivieron el terror nazi. Algunos de ellos habían construido Buchenwald.
Se sabe que en 1937 empezaron las obras, llevadas a cabo por los propios presos en condiciones inhumanas. Ya entonces la política de las SS consistía en sacar el máximo provecho posible de los detenidos. Cada piedra de ese lugar la colocaron hombres y mujeres, bajo el frío, la lluvia y el hambre, aupada por una circunstancia que se diría, muchas veces, más fuerte que la voluntad: los golpes.
La muerte acechaba. Vestía uniforme negro, con una "calavera" en la gorra, unas runas "SS" en la solapa y una cruz gamada en el brazo izquierdo; tenía por pasatiempos las palizas, las torturas, las ejecuciones y los experimentos de laboratorio.
Después de la guerra se encontró la carta en la que una empresa química regateaba con las SS el precio de "150 mujeres en el mejor estado de salud posible" para un experimento. La industria consiguió bajar el precio por persona de 200 Reichsmark a 150 marcos. Eso sería hoy en día un valor de 1.000 euros y de 750 euros, respectivamente. En 1944 la fábrica Krupp "alquiló" a dos mil presos por 4 Reichsmark el día. Se ahorró el 75 % del sueldo habitual en un mercado de trabajo vaciado por la guerra. El dinero paró en las arcas de las SS, que ofreció a Krupp un servicio especial: entrenamiento de las guardias de las presas en un campo de concentración.
A pesar de toda la represión, los comunistas presos lograron organizarse y ocuparon poco a poco puestos importantes en la administración. El 18 de agosto de 1944 las SS asesinaron, ejecutando una orden de Hitler, al líder comunista Ernst Thälmann. Otros, como Jorge Semprún y el secretario general de la CNT del Norte, el navarro Víctor Moriones Belzunegui, sobrevivieron el infierno. Con habilidad, el PC alemán creó, con la ayuda de los polacos, rusos y franceses, su propio arsenal de armas para la liberación. Ese día llegó el 11 de abril, después de que dos mil miembros de las SS dejaron el campo para combatir o para fugarse. La operación duró dos horas y causó dos bajas entre los antifascistas. Ciento veinticinco SS cayeron presos, un número no determinado murió. Durante dos días los comunistas alemanes controlaron el campo hasta que la US Army tomó el mando.
En los tiempos de la República Democrática Alemana la liberación de Buchenwald era un día importante porque representaba la victoria del socialismo sobre el nazismo. En la República Federal, por contra, el "Verdugo de Buchenwald", un tal Sommer, terminó su vida en una residencia de ancianos.
Después de la unificación los cristianodemócratas empezaron a minimizar la lucha antifascista en Buchenwald, recordando que la URSS internó en ese "campo especial n°2" a nazis, tanto sospechosos como reales. De los veinte ocho mil internados, siete mil murieron. A la derecha alemana le parece poco la exposición especial sobre este capítulo de Buchenwald, mientras que muchos veteranos antifascistas la consideran un ultraje.
También está Auschwitz, sinónimo de la muerte industrializada. El 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo liberó el campo de exterminio de Auschwitz, situado en Polonia. Poco antes las SS habían "evacuado" a sesenta y seis mil presos. Dejaron a cinco mil enfermos.
Antes de marcharse, las SS habían volado las cámaras de gas y los crematorios. No querían dejar huella alguna. Sin embargo, los soldados soviéticos encontraron abundante material sobre los experimentos del siniestro doctor Josef Mengele. El médico de los SS logró escapar y murió en libertad en algún lugar de América Latina. Asimismo las grandes empresas, como la alemana IG Farben y la estadounidense IBM, salvaron el beneficio adquirido durante el nazismo. En 1946 el comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, reconoció que bajo su dirección, entre 1941 y 1943, habían muerto tres millones de personas.
El Holocausto ha sido el resultado de una política marcada por el acoso social, la ilegalización profesional y la expropiación de un determinado grupo humano. La "arianización" hizo que unos seis mil millones de marcos cambiaran de propietario. Cuando en otoño de 1941 la "Reichsbahn" transportó en sus vagones a miles de judíos del oeste alemán a los guetos de las recién ocupadas repúblicas bálticas, los deportados habían dejado todas sus propiedades en manos del Estado alemán. Incluso tuvieron que pagar su transporte hacia la muerte.
Con los sistemas y conocimientos de IBM, las SS registraron a sus víctimas y organizaron los transportes. Las SS compensaron estos gastos con el alquiler de sus esclavos a la IG Farben y a otras empresas que se habían instalado en Auschwitz. En el andén de Auschwitz las SS seleccionaron a los recién llegados entre "útiles" e "inútiles". Estos últimos tuvieron que entregar sus pocas pertenencias antes de entrar desnudos en las "duchas", donde el gas Zyklon B los mató. Un grupo de presos tenía la obligación de quitar a los muertos los dientes de oro y las prótesis. Después fueron quemados los cuerpos sin vida. Ahí no terminaba el aprovechamiento industrial: las cenizas servían de abono; de los huesos se hacía jabón; con la piel de los tatuados se fabricaban lámparas.
Los "útiles" murieron trabajando, llenando así las cuentas de las SS y de las empresas. Otros presos sirvieron de conejillos de indias para experimentos. He aquí lo singular del Holocausto: las víctimas de los nazis no eran nada más que una pieza industrial cuya fuerza y su material fue aprovechado al máximo. Los nazis asesinaron a seis millones de judíos, tres millones de presos de guerra soviéticos y doscientos veinte mil gitanos de Roma y Sinti.
En 1996 el gobierno cristiano-liberal de Helmut Kohl fijó el 27 de enero como fecha oficial para recordar el magnicidio cometido en nombre alemán. Los críticos decían que Kohl eligió el campo de concentración de Auschwitz para tener el recuerdo lejos de tierras alemanas.
"No sabíamos nada de eso", era una respuesta que los aliados escucharon muy a menudo cuando en 1945 liberaron un campo de concentración tras otro. El 15 de abril de ese año el comandante estadounidense de Weimar estaba harto de tanta hipocresía. Tuvo una orden para el alcalde: reunir a mil ciudadanos para que fueran a ver lo que aseguraban no haber conocido. El grupo lo componían personas de los dieciocho hasta los cuarenta y cinco años, en primer lugar miembros y funcionarios nazis. Dos tercios deberían pertenecer a la clase alta, un tercio a la baja. El alcalde informó de que la marcha iba a durar seis horas, acompañada por médicos y ambulancias.
Los forzados visitantes del campo de concentración tenían mucha más suerte que los doscientos cincuenta mil infelices que entre 1937 y 1945 pasaron por Buchenwald. Las guardias de las SS tenían el derecho a asesinar a los enfermos y débiles por las razones que más les parecieran convenientes o, también, sin ninguna de ellas. La administración del campo registró sesenta y cinco mil fallecimientos. El ejército de EEUU grabó la visita de los weimarianos que vieron a los muertos, esqueléticos, amontonados delante del crematorio y otros, más muertos que vivos, de los veintiún mil que sobrevivieron el terror nazi. Algunos de ellos habían construido Buchenwald.
Se sabe que en 1937 empezaron las obras, llevadas a cabo por los propios presos en condiciones inhumanas. Ya entonces la política de las SS consistía en sacar el máximo provecho posible de los detenidos. Cada piedra de ese lugar la colocaron hombres y mujeres, bajo el frío, la lluvia y el hambre, aupada por una circunstancia que se diría, muchas veces, más fuerte que la voluntad: los golpes.
La muerte acechaba. Vestía uniforme negro, con una "calavera" en la gorra, unas runas "SS" en la solapa y una cruz gamada en el brazo izquierdo; tenía por pasatiempos las palizas, las torturas, las ejecuciones y los experimentos de laboratorio.
Después de la guerra se encontró la carta en la que una empresa química regateaba con las SS el precio de "150 mujeres en el mejor estado de salud posible" para un experimento. La industria consiguió bajar el precio por persona de 200 Reichsmark a 150 marcos. Eso sería hoy en día un valor de 1.000 euros y de 750 euros, respectivamente. En 1944 la fábrica Krupp "alquiló" a dos mil presos por 4 Reichsmark el día. Se ahorró el 75 % del sueldo habitual en un mercado de trabajo vaciado por la guerra. El dinero paró en las arcas de las SS, que ofreció a Krupp un servicio especial: entrenamiento de las guardias de las presas en un campo de concentración.
A pesar de toda la represión, los comunistas presos lograron organizarse y ocuparon poco a poco puestos importantes en la administración. El 18 de agosto de 1944 las SS asesinaron, ejecutando una orden de Hitler, al líder comunista Ernst Thälmann. Otros, como Jorge Semprún y el secretario general de la CNT del Norte, el navarro Víctor Moriones Belzunegui, sobrevivieron el infierno. Con habilidad, el PC alemán creó, con la ayuda de los polacos, rusos y franceses, su propio arsenal de armas para la liberación. Ese día llegó el 11 de abril, después de que dos mil miembros de las SS dejaron el campo para combatir o para fugarse. La operación duró dos horas y causó dos bajas entre los antifascistas. Ciento veinticinco SS cayeron presos, un número no determinado murió. Durante dos días los comunistas alemanes controlaron el campo hasta que la US Army tomó el mando.
En los tiempos de la República Democrática Alemana la liberación de Buchenwald era un día importante porque representaba la victoria del socialismo sobre el nazismo. En la República Federal, por contra, el "Verdugo de Buchenwald", un tal Sommer, terminó su vida en una residencia de ancianos.
Después de la unificación los cristianodemócratas empezaron a minimizar la lucha antifascista en Buchenwald, recordando que la URSS internó en ese "campo especial n°2" a nazis, tanto sospechosos como reales. De los veinte ocho mil internados, siete mil murieron. A la derecha alemana le parece poco la exposición especial sobre este capítulo de Buchenwald, mientras que muchos veteranos antifascistas la consideran un ultraje.
También está Auschwitz, sinónimo de la muerte industrializada. El 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo liberó el campo de exterminio de Auschwitz, situado en Polonia. Poco antes las SS habían "evacuado" a sesenta y seis mil presos. Dejaron a cinco mil enfermos.
Antes de marcharse, las SS habían volado las cámaras de gas y los crematorios. No querían dejar huella alguna. Sin embargo, los soldados soviéticos encontraron abundante material sobre los experimentos del siniestro doctor Josef Mengele. El médico de los SS logró escapar y murió en libertad en algún lugar de América Latina. Asimismo las grandes empresas, como la alemana IG Farben y la estadounidense IBM, salvaron el beneficio adquirido durante el nazismo. En 1946 el comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, reconoció que bajo su dirección, entre 1941 y 1943, habían muerto tres millones de personas.
El Holocausto ha sido el resultado de una política marcada por el acoso social, la ilegalización profesional y la expropiación de un determinado grupo humano. La "arianización" hizo que unos seis mil millones de marcos cambiaran de propietario. Cuando en otoño de 1941 la "Reichsbahn" transportó en sus vagones a miles de judíos del oeste alemán a los guetos de las recién ocupadas repúblicas bálticas, los deportados habían dejado todas sus propiedades en manos del Estado alemán. Incluso tuvieron que pagar su transporte hacia la muerte.
Con los sistemas y conocimientos de IBM, las SS registraron a sus víctimas y organizaron los transportes. Las SS compensaron estos gastos con el alquiler de sus esclavos a la IG Farben y a otras empresas que se habían instalado en Auschwitz. En el andén de Auschwitz las SS seleccionaron a los recién llegados entre "útiles" e "inútiles". Estos últimos tuvieron que entregar sus pocas pertenencias antes de entrar desnudos en las "duchas", donde el gas Zyklon B los mató. Un grupo de presos tenía la obligación de quitar a los muertos los dientes de oro y las prótesis. Después fueron quemados los cuerpos sin vida. Ahí no terminaba el aprovechamiento industrial: las cenizas servían de abono; de los huesos se hacía jabón; con la piel de los tatuados se fabricaban lámparas.
Los "útiles" murieron trabajando, llenando así las cuentas de las SS y de las empresas. Otros presos sirvieron de conejillos de indias para experimentos. He aquí lo singular del Holocausto: las víctimas de los nazis no eran nada más que una pieza industrial cuya fuerza y su material fue aprovechado al máximo. Los nazis asesinaron a seis millones de judíos, tres millones de presos de guerra soviéticos y doscientos veinte mil gitanos de Roma y Sinti.
En 1996 el gobierno cristiano-liberal de Helmut Kohl fijó el 27 de enero como fecha oficial para recordar el magnicidio cometido en nombre alemán. Los críticos decían que Kohl eligió el campo de concentración de Auschwitz para tener el recuerdo lejos de tierras alemanas.
EL CAZANAZIS
El arquitecto austriaco Simon Wiesenthal, considerado como la conciencia del Holocausto por el empeño de toda su vida en dar caza a los criminales del nazismo, falleció una madrugada de Viena a los 96 años de edad tras lograr la captura y procesamiento de más de 1.100 asesinos nazis."Su nombramiento no fue anunciado en conferencia de prensa, ni por algún presidente o primer ministro. Simplemente asumió esa labor. Fue un trabajo que nadie quiso", asegura una nota emitida por la página web del Dokumentationzentrum de Viena, embrión de los centros Wiesenthal repartidos por el mundo. "La misión era impresionante. El objetivo tenía pocos amigos. Los aliados se concentraban ya en la Guerra Fría, los supervivientes trataban de recomponer sus destrozadas vidas y Wiesenthal estaba solo en su papel como perseguidor y detective a la vez", añade la necrológica oficial.
Mundialmente conocido como el cazanazis, Wiesenthal creó su Centro de Documentación Judío en la capital austriaca en 1947, dos años después del final de la Segunda Guerra Mundial y tras sobrevivir a 12 campos de concentración y ser liberado por tropas norteamericanas en el de Mauthausen (Austria). En sus memorias, publicadas en 1988 bajo el título Justicia y no venganza, lema de su vida, Wiesenthal aseguraba que "cuando se mire atrás en la historia quiero que la gente sepa que los nazis no pudieron escapar sin castigo por el asesinato de millones de seres humanos". Y, cuando en abril de 2003 anunció su retirada de la vida pública y el fin de su misión, declaró ante la prensa, no sin orgullo, que "a los asesinos de masas que he perseguido, les he encontrado y sobrevivido a todos".
Su presa mas famosa fue Adolf Eichmann, alto oficial de las temidas SS de la orden de la calavera y jerarca del nazismo, responsable de organizar el transporte a los campos de exterminio de millones de judíos de toda Europa. Wiesenthal no paró hasta dar con su pista en Argentina, donde Eichmann se ocultó tras la guerra y reveló su escondite al Mossad, los servicios secretos de Israel, que secuestraron al organizador del Holocausto y le trasladaron al estado judío, donde fue ejecutado en 1962.
El cazanazis, que trabajó con la aportación de informantes e investigadores voluntarios, extendió sus pesquisas a varios países de Sudamérica, donde intentó, sin éxito, la captura del ángel azul, el médico Joseph Méngele, quien pasó por Argentina y Paraguay y murió al ahogarse en Brasil.
Uno de los casos descubiertos por Wiesenthal es el de Karl Silberbauer, quien llevó a un campo de concentración a Ana Frank y que fue descubierto en 1963 cuando trabajaba como inspector de policía en Viena.
Otros criminales corrieron idéntica suerte: Franz Stangl, temido comandante del campo de la muerte de Treblinka, capturado en 1967 en Brasil; Josef Schwammberger, comandante del gueto de Przemysl, detenido en 1987 en Argentina; Hermine Ryan, nacida Braunsteiner, descubierta por los cazadores de Wiesenthal en Queens, en Nueva York, donde era un ama de casa. Las autoridades de EEUU extraditaron a esta última en 1973 a Alemania, donde fue juzgada y condenada a cadena perpetua como responsable por el asesinato de centenares de niños en el campo nazi de Majdanek.
"De las 600.000 personas que llevaron a cabo la matanza organizada y sistemática de judíos, sólo 7.000 fueron enjuiciados", declaró, luego de la muerte de Wiesenthal, Shevaj Weis, superviviente del genocidio y ex ministro israelí. "Wiesenthal -dijo Weis- fue el que más hizo para que esos criminales fueran llevados a los tribunales. En comparación con la inmensidad de la tragedia, tal vez fue poco lo que pudo hacer, pero sembró un mensaje de paz y justicia para el futuro, esto es, que hay castigo y no se debe olvidar ni perdonar a esos criminales".
Wiesenthal nació el 31 de diciembre de 1908 en Buczacz, en la región de Galizia, que entonces pertenecía a la monarquía de los Habsburgo y que en la actualidad forma parte de Ucrania. Estudió y se instaló como arquitecto en Praga en 1932 y ejerció su profesión hasta 1941 cuando, durante la ocupación alemana de Checoslovaquia, fue detenido. Durante su permanencia en los campos de la muerte durante algo más de cuatro años, Wiesenthal consiguió tomar nota de los nombres de cada uno de los criminales nazis que participaban en el genocidio y una vez liberado por las tropas de EEUU se dedicó exclusivamente a buscarlos. En su encierro intentó suicidarse, cortándose las muñecas, para evitar la tortura. Unos 89 miembros de su propia familia fueron asesinados por los nazis.




