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LIBROS, ARTE, CULTURA E INQUISICIÓN EN NUEVA ESPAÑA (X)


Ramírez Leyva destaca que las censuras de las imágenes se dirigieron en su mayoría a las representaciones sagradas, variando las causas para su prohibición. Estas causas las ha clasificado en ocho rubros: 1) heréticas, 2) representaciones de personas no canonizadas, 3) satíricas, 4) obscenas, 5) hechura impropia, 6) ubicación impropia, 7) incluidas en libros prohibidos, 8) sediciosas. Para las imágenes heréticas formula una subdivisión, estando, en un lado, las composiciones plásticas que por sí mismas dan lugar a herejía, y, en otro, aquellas composiciones reprobadas por elementos adicionales o complementarios de la plástica. Para la prohibición de las imágenes in totum persisten tres razones: que muestran errores en materia de fe, que contravienen las disposiciones de la Iglesia, que afectan la memoria de determinadas personas.
La liberación del comercio, su aumento en el siglo XVIII, tuvo un papel importante. En la comercialización de imágenes entraban todos los individuos que, de las distintas formas posibles, estaban relacionados con este fenómeno, en el cual los fabricantes emprenden caminos que divergen de los establecidos, dando lugar a representaciones que, según los censores, entraban en el ámbito de lo extraño, ridículo e irreverente, indicando, por tanto, una variación en las formas comunes de representación. Este hecho es captado por Ramírez Leyva, sirviendo para establecer que en la entrada constante y, cada vez, mayor “de nuevas formas “artísticas” provenientes principalmente de España, se denota cómo las imágenes sagradas se infiltraron en la vida diaria por medio de los objetos cotidianos que traslucieron el cambio de mentalidad que se dio en el siglo XVIII, al que desde luego colaboraron los ingeniosos comerciantes aportando nuevas formas de atraer clientes.”
Resulta claro que allí donde el arte sagrado es comercio, aparecen, indisolubles, el artista y el artesano, el comerciante y el consumidor. Se trata de un arte que opera fuera de las observaciones religiosas oficiales, más cercano al fervor popular, que, a pesar de la censura y en el momento en que las políticas económicas y sociales se lo permitieron, mantuvo una fuerza viva. Hay que destacar, sin embargo, que éste no era un arte libre. Tanto los artistas como los artesanos, sujetos a los lineamientos establecidos como los que no, produjeron obras delimitadas, fuera por la Iglesia, fuera por las demandas de los particulares.
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LIBROS, ARTE, CULTURA E INQUISICIÓN EN NUEVA ESPAÑA (IX)


En México, en fecha temprana, 1585, se celebró un Concilio Provincial en el que se adoptaron las medidas De impresione librorum respecto de la impresión, circulación y retención de libros, tan “necesaria” por el gran desarrollo de la imprenta en México y por el fácil contrabando que en naves españolas y principalmente extranjeras se hacía. Se trataba de mantener en América las prohibiciones españolas. No eran raros los pedidos de información:
“Con el cuydado que ay de visitar los libros que cada flota entran en la tierra se han hecho algunos apuntamientos y censura sobre algunos, que serán con esta carta para que V. Sa los mande ver y avisarnos de lo que en España se haze por las personas a cuyo cargo está quando en los libros se desprehenden cosas semejantes principalmente en argumentos, notas marginales, Recapitulaciones, Indices y Repertorios donde se presume más malicia de que los herejes quieran mesclar sus errores y sera de ymportancia la respuesta desto para que aca se acierte mejor a seruir al Santo Oficio con la afición que lo haze el maestro fray Bartolome de Ledesma de la orden de Santo Domingo gouernador que fué deste Arsobispado mucho tiempo Calificador en esta Inquisición.” ­­
No en balde “América sonó en Trento”, como señala Mateos, quien cita, entre otras, las palabras del teólogo segoviano Pedro de Fuentidueñas ante los Padres del Concilio:
“¡Cuántas veces (...) impidió [Felipe II] que la herejía se corriese a España por los Pirineos de las provincias vecinas! ¡Cuántas apagó las chispas que con disimulo y en la oscuridad comenzaron a saltar acá y allá dentro de la península! ¡Cuántas (...) impidió que pasase, como procuraba, a las Indias, a inficionar a aquellos indígenas! No ha habido nunca herejía tan ávida de propagarse como la de los falsos reformadores; no se contenta con haber perturbado la fe en casi todas las naciones de Europa, y sin temer los peligros del mar, deseaba navegar el inmenso Océano y transplantarse a las Indias occidentales, para allí matar en el corazón de los indios las raíces de la fe y religión cristiana que comenzaba a brotar y nacer; y en aquellas dilatadísimas regiones, donde el rey católico Don Fernando llevó el primero los blasones de España, introduciendo a la par el nombre de Jesuscristo, nunca oído por aquellas gentes, y la religión cristiana, que engendra pureza y santidad, llevar las furias y arpías del averno para turbar su paz y tranquilidad. Y si no hubiera salido al paso el católico Felipe a su loco intento, interceptando libros heréticos y poniendo a buen recaudo los pérfidos ministros de Satanás; si no hubiera apartado a la herejía del camino de las Indias por donde maquinaba llevar su veneno, cercenando de raíz su esperanza y malvado esfuerzo, sin duda habría penetrado ya en ellas, con gran peligro y ruina de aquel Nuevo Mundo y acerbísimo dolor de la Iglesia.”
Sin embargo, el siglo XVIII hispano no era el siglo XVIII europeo, pero estaba muy cerca: dejó atrás el peligro y la preocupación del luteranismo y, gracias a la liberación del comercio y las reformas borbónicas, reactivó la llegada de europeos de costumbres ambulatorias y aventureras, acató la variación de catálogos prohibitorios; desatendió en medida importante la expurgación de imágenes; se dio a contrarrestar los empujes de la Ilustración, aquellos que dieron pie a la independencia de las provincias americanas.
“La revisión de los edictos dedicados a la censura de imágenes y objetos que emitió el Santo Tribunal de la Inquisición Novohispana, ofrece un conjunto representativo de obras que se situaron en la esfera de lo que esa institución consideró censurable: esto se realizó por medio de un fuerte y complejo aparato restrictivo; sin embargo, los edictos que emitieron dejan translucir una serie de hechos que apuntan a la reflexión sobre el poder real que tuvo el aparato represivo inquisitorial,” sobre todo cuando se determina, en base a documentos conservados en el Archivo General de la Nación de México, que “los edictos eran mandatos, decretos sobre diversos temas publicados con autoridad del Santo Oficio de la Inquisición, firmado por los inquisidores y el secretario de turno, que se fijaban en las puertas de las iglesias para conocimiento de la población.”
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LIBROS, ARTE, CULTURA E INQUISICIÓN EN NUEVA ESPAÑA (VII)


“Los vehículos y medios de entrada de las nuevas ideas son los “navíos de la Ilustración”, que transportan libros, hombres, relaciones, noticias e inquietudes, desde las que se fomentan publicaciones, círculos intelectuales, renovación de programas o planes de estudio universitarios, así como animan la aparición de sociedades de amigos del país, fomentadoras de acciones educativas renovadas. Algunos datos son muy significativos de esa efervescencia intelectual: se cita una remesa de libros llegada al Callao en 1785 compuesta por 38.000 volúmenes, pese a que se regularon las entradas con criterios restrictivos (cédulas de 25 de abril de 1742, cédula de 1 de julio de 1784 prohibiendo, por ejemplo, la venta de la enciclopedia francesa, etc.); el estudio de la composición de bibliotecas privadas según, por ejemplo, datos inquisitoriales como los recogidos por Pérez Marchand en México, o la librería del P. Diego de Cisneros, cuya amistad con el virrey Croix le servía para burlar la investigación aduanera e inquisitorial de los libros, deberán revelar la cronología y la amplitud de esta penetración intelectual de las nuevas ideas a través del libro ilustrado.”
La afirmación de que “todo llegaba” también la sustentan Testas y Testas al referir que “cuando la Junta de Liberación de Buenos Aires decidió crear una biblioteca pública (en 1810, puntualicémoslo), llamó al franciscano fray Cayetano Rodríguez, que solicitó libros a otros religiosos. Entre los libros que llegaron, se contaban la Historia Natural de Plinio, el Diccionario de Física de Brisson, las obras de Locke, una historia natural escrita por un miembro de la Academia de Ciencias de Londres, etc.”
Esta laxitud pudiera estar en el hecho de que el Estado tuvo que luchar especialmente contra los adeptos de la filosofía política del siglo XVIII y no contra la propaganda y crítica protestante ni contra el judaísmo. A lo que se aúna el enorme crecimiento demográfico, resultado de un nuevo régimen emigratorio. “Si la población [en la América hispana] a fines del siglo XVII se calcula en 11.215.000 habitantes, la de fines del XVIII, según Rosenblat, se situaría en 18.806.000, lo que implica un aumento porcentual del 181,54”. Este aumento global está en conexión con tasas elevadas de natalidad, pero también con el crecimiento de la emigración exterior, estimulada por la política borbónica liberizadora del comercio que trae mercaderes procedentes de todas las provincias españolas.
Estas estadísticas son importantes, pues, se sabe, la Inquisición vigila la ortodoxia de las ideas, pero las ideas van con el hombre, para componer, se diría, los rasgos característicos de los distintos grupos sociales y de las mentalidades colectivas. Además, indica el ritmo creciente de permisividad y, por ende, de “independencia” cultural al percibir el hecho fundamental de que, mientras decrece la media anual de procesos inquisitoriales en Nueva España, el número de impresiones librarias y periódicas, de talleres artísticos, de mercaderes, se caracteriza por su aumento.
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LIBROS, ARTE, CULTURA E INQUISICIÓN EN NUEVA ESPAÑA (VI)


No importó que el Índice se volviera un instrumento de control político. El aumento de las riquezas y aún las reformas borbónicas dieron pie a la ampliación del espectro de “intercambio” cultural. Arcila Farías ejemplifica el crecimiento comercial:
“Ya en el año de 1777 se admitía que el aumento de la riqueza en Nueva España era considerable. En una comunicación a los diputados del comercio de España, declaraba el virrey Bucareli que “desde fines del siglo pasado se reconoce la constante proporción con que esto crece según el cuidado, el aumento de la población, el cultivo y el laborío de las minas, pero nunca han sido tan visibles las ventajas como en estos últimos años, que se vio salir de Veracruz la flota del señor Córdoba interesada en veinte y seis millones y medio sin contar otras partidas no de poca monta en embarcaciones particulares, que todo ha llegado a Cádiz con felicidad”. Y agregaba que la flota que en esos momentos había iniciado la venta de sus frutos en Jalapa era tan grande “cual ninguna otra se ha visto, y que por los principios que lleva en sus ventas y la abundancia de caudales que hay en el reino, nos promete un retorno que haga olvidar el de la antecedente”.
Y efectivamente, esa flota, que estuvo a cargo de Antonio Ulloa, salió de Veracruz en enero de 1778 con un cargamento por valor de 29 millones de pesos, aproximadamente, de los cuales correspondieron a particulares, en oro y plata, más de 18 millones, más otros 5 millones en frutos del país. En cambio, de cuenta de la Real Hacienda sólo condujo 5 350 000 pesos. Este aumento era una consecuencia directa de la política de facilidades otorgadas a la navegación y el comercio con las Indias, política que culminó con el Decreto de 1789, por el que Nueva España entró en el sistema de comercio libre.
El mencionado decreto tuvo repercusiones económicas y sociales muy profundas, como 1) la huida del capital comercial antiguo hacia nuevas actividades (agricultura y minería), 2) la ampliación de la clase capitalista por el ingreso de un número mayor de comerciantes, 3) el aumento del consumo de mercaderías europeas, 4) el crecimiento del volumen de los negocios, 5) la demanda de capital, 6) el fin de la hegemonía del comercio de México.
Y es que paralelamente a las novedades del reformismo administrativo borbónico, penetraron en América las corrientes ideológicas típicas de la época, que, en cierta manera, vinieron a constituir formas nuevas de “heterodoxia” y, por lo tanto, en principio materia de vigilancia y preocupación para el Estado y su instrumento de control que era la Inquisición. Se trataba de las corrientes europeas ilustradas, de filósofos, librepensadores y neojansenistas, volterianos, enciclopedistas en general, “adoradores” de la razón. Eran las formas que, desde el punto de vista conservador, constituían una corriente crítica que sometía a revisión todos los legados de la tradición, desde los fundamentos de la sociedad a los conceptos de monarquía política, desde la economía mercantilista a la religión dogmática.
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LIBROS, ARTE, CULTURA E INQUISICIÓN EN NUEVA ESPAÑA (V)

Ahora bien, a esta realidad se une otra, la de los distintos Boacios. Que la Inquisición ha intervenido en el desarrollo de la producción libresca es evidente. Bastaría para probarlo citar uno de los mecanismos de control típicamente inquisitorial: el Índice. Para el arte novohispano este producto de control es de suma importancia, pues, contrario a lo que se piensa, los Índices inquisitoriales no fueron absolutamente literarios. Comportaban obras religiosas, que contenían, como es de suponer, estampas. El primer Índice en castellano, el de 1551, no tiene ninguna pertinencia literaria: cuenta con la reproducción del Índice del año anterior –el de Lovaina, escrito en latín- y de la bula Extravagans, de Julio II, sobre la posesión y lectura de libros prohibidos, y contiene un catálogo de libros recientemente aprobado por los inquisidores de Toledo.
Las obras que comenzaron a formar parte de estos catálogos fueron, por ejemplo, Diálogo de doctrina christiana de Juan de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, Coloquios de Erasmo, El confessionario o manera de confessar de Erasmo, Tratado de libertad cristiana de Lutero, Comentarios al Génesis, La Revelación de San Pablo, La Biblia en romance.
Los Índices son guías en un proceso ininterrumpido de censura. Los períodos de publicación de los Índices inquisitoriales españoles entre 1551 y 1790, primero y último, oscilan entre ocho y cuarenta y siete años. Pero la actividad del Índice es permanente, por lo que a veces llegaron a publicarse suplementos. En total se han publicado once Índices inquisitoriales españoles, conocidos por los nombres de los inquisidores generales bajo cuyo gobierno se promulgaron, permitiendo afirmaciones como la de Marquez, quien sostiene que “los períodos históricos responden no a modas estilísticas, sino al tipo de ideología predominante que la Inquisición persigue en un momento determinado”, por lo que “la Inquisición adquiere así una unidad histórica intelegible, como organismo invariablemente represivo (...), y una clara variedad periódica que responde a los sucesivos movimientos revolucionarios desde el humanismo hasta el liberalismo”.
Es de entender. Como tribunal de fuero privilegiado y con jurisdicción delegada de la Santa Sede y también del poder civil, para investigar, perseguir y definir los delitos contra la religión católica, entregando los culpables contumaces a la autoridad secular para que por ésta fuesen castigados, con arreglo a las leyes del Estado, la Inquisición dirigió el acto de “inquirir” hacia los valdenses, los espiritualistas, el judaísmo, la demonomanía, los marranos, el iluminismo, el protestantismo y la brujería. Para cualquiera de ellos se podía agregar la idolatría, la superstición, la blasfemia, etc. En la historia de la Inquisición española sus puntos de exacerbación fueron, en un principio, el protestantismo y, ya al borde de su extinción como brazo controlador, las ideas de la Ilustración.
Siempre primaron las cooperaciones virregio-inquisitoriales en Nueva España. Las institución virreinal, como suprema instancia administrativa en Ultramar, como responsable última de todo lo que ocurriera en el ámbito de su jurisdicción, como representación personal del monarca, que, por lo mismo, tenía delegadas sus atribuciones –incluyendo todas las implícitas en el derecho de Patronato sobre las Iglesias de Indias-, hubo de mantener lógicamente relaciones estrechas con el Santo Oficio, instrumento de control social, actuando ambos en un contexto en que religión y política e Iglesia y Estado iban inextricablemente unidos.

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LIBROS, ARTE, CULTURA E INQUISICIÓN EN NUEVA ESPAÑA (IV)


Una de las bibliotecas novohispanas que más ha excitado la curiosidad es la de sor Juana Inés de la Cruz. En contraposición al caso de Boacio, se formó en el otro extremo, en el seno de la ortodoxia y bajo las miradas vigilantes. Paz expuso una conjetura sobre su número:
“Aunque es imposible determinar su número, no hay duda de que sor Juana reunió una considerable cantidad de volúmenes. (...) Aventuro unos mil quinientos, por lo menos. Fundo mi suposición en lo siguiente: Sigüenza y Góngora dejó al morir cuatrocientos setenta volúmenes, que son pocos, pero don Carlos era pobre y, además, tenía a su disposición la Biblioteca de San Pedro y San Pablo; Irving A. Leonard, por otra parte, cita el caso de Melchor Pérez de Soto, un simple maestro de obras, que poseía mil setecientos volúmenes. Leonard agrega que las bibliotecas de las personas acomodadas eran aún más ricas. (...) Ermilo Abreu Gómez dice que “los libros que se publicaban entonces en México no eran sino, los más, folletos y manuales de poca extensión”. Olvida que la mayor parte venía de Europa, ya sea pedidos directamente por los lectores o, con mayor frecuencia, comprados y revendidos por las librerías locales.”
Hay que señalar que los libros que engrosaron la biblioteca de sor Juana eran de común acceso en Nueva España, desde un primer momento. Los estudios científicos no conocieron trabas reales, la sed de cultura literaria se facilitaba por la exención de todo impuesto o derecho sobre los libros. (En 1584 llegaron a Veracruz ciento doce cajas de libros. Cuando se inauguró en 1649 el Seminario Palafoxiano, su fundador, don Juan de Palafox y Mendoza, donó seis mil volúmenes para la Biblioteca.) Esto es indiscutible, pues en 1538 se fundó en Santo Domingo, en respuesta a una bula del Papa Pablo III, la Universidad de Santo Tomás de Aquino; en 1540 Carlos I autorizó la fundación de la Universidad de Santiago en La Paz; en 1551 México y Lima dispusieron de sendos centros intelectuales y, a continuación, Bogotá en 1580, Quito en 1586, Cuzco en 1598, Charcas en 1624, Córdoba del Tucumán y Huamanga en 1677, Guatemala en 1687, Caracas en 1725, La Habana en 1728 y Santiago de Chile en 1738. Para el caso de Nueva España el número de instituciones académicas es amplio: Colegio de Santos en 1573, Colegio de San Pedro y San Pablo en 1572, Seminarios de San Miguel, San Bernardo y San Gregorio en 1576, Colegio Carolino de Puebla en 1576, Colegio del Espíritu Santo (Puebla) en 1558, Colegio de San Ildefonso en 1572, Colegio del Cristo en 1612, Colegio de San Ramón en 1628, Seminario Palafoxiano (Puebla) en 1649, Colegio de la Compañía (Morelia) en 1660, Seminario de Oaxaca en 1673, Colegio de niñas de Santa Mónica (Puebla) en 1680, Colegio de San José y Jesús María (Puebla) en 1691, Colegio de San Juan Bautista de Guadalajara en 1699, Seminario de San Pedro (Mérida) en 1711, Colegio de los Infantes en 1725, Colegio de las Vizcaínas en 1732, Seminario de San Ildefonso (Mérida) en 1751, Colegio de San Ignacio en 1753, Colegio de la Enseñanza la Antigua en 1754, Colegio anexo a la casa de niños expósitos en 1766, Academia de San Carlos en 1783, Colegio de Minas en 1783, Universidad de Guadalajara en 1791, Colegio de las Bonitas en 1800.
A ello va en paralelo no sólo el grueso de Doctores en Teología, Doctores en cánones, Licenciados en leyes, Maestros en artes, Doctores en medicina, sino también el número de impresores que trabajaron en Nueva España durante los tres siglos que duró la dominación española: ochenta y cuatro. Estos publicaron en América 11362 obras; su número por centurias ha sido determinado por Benítez: para el siglo XVI se registran 173 libros, más 58 de “sin fecha o fecha dudosa”; para el siglo XVII se registran 1594 libros, más 244 de “sin fecha o fecha dudosa”; para el siglo XVIII se registran 6315 libros, más 575 de “sin fecha o fecha dudosa”; para el siglo XIX se registran 2523 libros, más 150 de “sin fecha o fecha dudosa”. Así mismo el primer periódico que se publicó en Nueva España conoció la luz, con el nombre de Diario de los sucesos notables, en 1648. El número de publicaciones periódicas también presenta variantes según los siglos, siendo, respectivamente, cuatro, doce y seis periódicos para las centurias XVII, XVIII y XIX.
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UN ÓLEO NOVOHISPANO




PRINCIPIO Y MÉTODO

Si se concibe al texto, cualquier texto, como combinatoria lineal de elementos desde el lado del significante o plano de la expresión, se postularía, según lo hace Bense (en Jiménez Cano, 1995, p. 39), un concepto amplio de texto, que unifica en una parte o en un todo a base de ciertas reglas un conjunto, ordenado de un modo lineal, superficial o espacial de elementos dados material y discretamente, que pueden funcionar como signos (1). Los textos constituidos de esta manera se llaman textos materiales o texturas, en cuanto que solamente están dados por la materialidad o realidad de sus elementos, pero no por las coordinaciones de significaciones que se sitúan fuera de la constitución. Los textos materiales, por tanto, poseen solamente un mundo propio (semiótico o lingüístico), pero ningún mundo exterior (semántico y metasemiótico).
Sin embargo, es posible aliar, en pos de un análisis, dos conceptos “dispares”. Es decir, presentar en una misma lectura el sentido estrecho de lo que se entiende por texto (una formación lingüística, cuyos elementos materiales son de naturaleza lingüística: sonidos, sílabas, morfemas, palabras, frases, oraciones y otros) y el sentido amplio de la dimensión semántica. No se trata sino de trabajar la lectura de la obra de arte en cuanto design-object, o esquema de constitución semiótico según Bense.
Un design-object es un “objeto artificial” que depende de tres parámetros: del material, de la forma y de la función. De modo que puede manipularse en tres “dimensiones”, es decir, es seleccionable y creable: en la dimensión material de la materia, en la dimensión semántica de la forma y en la dimensión técnica de la función. Desde el punto de vista semiótico, cada dimensión hace las veces de otra clase de signos, y la pragmática, la dimensión pragmática, depende de las otras tres (Bense, 1975, p. 43).
Resulta claro que un acercamiento tal a la obra de arte es un intento de iteración, es un darse en una operación mediante la cual se han de obtener todos los conjuntos parciales del repertorio de signos, que se puede presentar como formación de conjuntos de potencia, y que conduce a conexos completos. Es de notar que la eficacia de las dimensiones de Bense (material, sintáctica y semántica) es susceptible del nivel de competencia lectora, de niveles de comprensión, de actitud del sujeto frente al texto. Sujeto que en cuanto a su grado de participación o de reacción (2) podrá estar en el punto del observador o del “lector” (3). Se trata de niveles de competencia (4), mil veces enunciado, que tienen por sujeto ideal un mismo modelo con distintos nombres (el lector modelo de Eco, el lector total de Barthes, el lector macho de Cortázar, etc.).
Para finalizar estas preliminares, una justificación más para la aplicación del design-object: cada elemento de la obra de arte cumple un papel, asume cierta posición en el sistema artístico en el que está integrado. Lo peculiar de toda forma artística radica en que la función de una línea, de un color, de un volumen, etc., no es unívoca y, por lo tanto, determinado elemento no ofrece una sola posibilidad como sucede en los sistemas cerrados como las matemáticas.

NOTAS



(1) Para este trabajo la estructura semiótica será tal a partir del concepto de estructura del signo de Bense (1975, p. 27). Por estructura del signo se debe entender la estructura especial del signo en tanto que triple ordenado (M, O, I), siendo M el conjunto de medios materiales, O el conjunto de objetos designados, I el conjunto de significados interpretados, sobre los cuales está definida la relación triádica de los signos, es decir, R (M, O, I).
(2) Bloomfield dio gran importancia a esa reacción o respuesta, la cual, según él, es el tercer momento del acto comunicativo, pero que, para el sujeto que la experimenta, implica unas ciertas posibilidades de interacción, siempre y cuando medien las aptitudes. Véase Martinet, 1983, pp. 17-19
(3) En cuanto a los roles, véase Mukarovsky, 1975, pp. 272-275.
(4) Niveles de competencia lectora, no de lectura, en cuanto acto, es decir, en cuanto reglas para leer. El problema lo trata Barthes, véase 1987, pp. 40-42




ANTESALA




Un anónimo del siglo XVIII es el óleo novohispano “María Inmaculada de Guadalupe, Reina del Cielo”. Con una visión primaria se puede resolver un primer foco de lectura. En la estructura superficial se tienen tres signos codificados: tres representaciones superiores y similares entre sí que coronan a la Virgen de Guadalupe por la Coronación de la misma; una filacteria, bajo los pies de la Guadalupe, en la que se lee “Non fecit taliter omni nationi” por Guadalupe Protectora de Nueva España; dos figuras inferiores, San Joaquín y Santa Ana, y las figuras laterales (rosa sin espinas, flor de azucena, escalera, torre, espejo y palma) por la Inmaculada Concepción (1). El núcleo intelectual designado por la figura, esto es, la denotación, resulta no de ningún predominio, sino de la interrelación. Indiscutiblemente, al ver el lienzo el intelecto registra las tres referencias mencionadas, y lo hace por separado, pero al final, donde la lógica opera sobre la forma, se dirá que se trata, y por ello el título de la obra, de una representación de la Virgen María como Inmaculada de Guadalupe y Reina del Cielo.
No obstante, las relaciones tricotómicas no atañen específicamente a esto. Son de desglosar: Dimensión material, Dimensión semántica, Dimensión sintáctica.




DIMENSIÓN MATERIAL


En el caso del óleo hay una figuración amparada en la locución “representa a ... como”, en la medida en que x espectador puede decir: “vemos que este cuadro representa a la Virgen como María Inmaculada de Guadalupe, Reina del Cielo”. No hay mayor dificultad. El cuadro, en su dimensión material, representa el objeto a él adscrito. La observación es que tal aseveración existe en la medida en que existen en el cuadro lo que Goodman (1976) llama etiquetas de reconocimiento (p. 46). Son aquellas etiquetas pictóricas, producto de la convención, que permiten al signo su existencia, y que para el caso del óleo novohispano remiten a los tres signos hasta ahora reconocidos, los cuales se agrupan para operar sobre una totalidad.
La dimensión material del cuadro comporta en su caso un esquema semiótico de la comunicación. Ello pues los signos son modelos de comunicación no material (semiótica), que actúan como esquema de la comunicación material (técnica). En tal sentido, la relación semiótica de los signos [S = R (M, O, I)] puede ser concebida como modelo no material (semiótico) del esquema de la comunicación material (técnica) [C = R (E, CC, R1) = S] si se define E como emisor (fuente = O), CC como canal de comunicación (=M), y R1 como receptor (I) (2). Ello se da porque el esquema semiótico general S tiene sentido en el primer plano de las relaciones-signo M, O e I, el cual presenta a la comunicación semiótica en el plano medial del signo como medio. Esta es la conclusión más importante del resultado de esta dimensión material, pues se determina, por ende, la presencia del legisigno, esto es, el signo que actúa como esquema de comunicación de lo convencional. El resultado, pues, es un gráfico tético o un gráfico que declara al cuadro como vehículo material de transmisión.

NOTAS

(1) La Guadalupe por sí sola constituiría un signo, y la semiosis ilimitada de Peirce instauraría otros. Sin embargo, como principio de lectura me atengo a estos tres signos porque son los dictados por la convención; así, los extraigo, de una revista que presenta al óleo diciendo: “Tal como aparece representada la Virgen de Guadalupe en esta obra se le distinguen tres aspectos muy significativos. Uno de ellos la muestra como la Reina del Cielo, por el hecho de que la Trinidad la está coronando. El segundo indica que ella es la protectora de la Nueva España, lo que se verifica por la filacteria inferior en la que está escrito en latín: Non fecit taliter omni nationi. Y el tercer aspecto la presenta como Inmaculada Concepción, puesto que además de que se hallan sus padres, san Joaquín y santa Ana, está rodeada por los símbolos de su pureza, como la rosa sin espinas, la flor de azucena, la escalera que conduce al cielo, la torre de David, el espejo sin manchas y una palma de la Victoria” (Robledo Galván, 1998, p. 45).
(2) Véase Bense, 1975, pp. (52).






DIMENSIÓN SEMÁNTICA

La dimensión semántica está muy vinculada a la percepción. Hay que partir del hecho de experiencia de que no se percibe color sin forma, ni viceversa. Por ejemplo, los perceptemas inferiores (San Joaquín y Santa Ana) imprimen en la experiencia visual la existencia de dos diagonales compuestas, no por formemas, que varían, sino por cromemas análogos, siendo en una diagonal el cromema rojo y en otra el cromema azul, donde la convergencia de ambos cromemas en la Virgen de Guadalupe hacen de ésta centro del cuadro (1).
Visualmente, se registra en el lienzo una mayoría de formemas frente a los cromemas; la semiótica explica esto en la intención de la unidad comunicativa: cromemas mínimos y similares entre los formemas reducen las variables conexas y, por tanto, circunscriben el mensaje.
Este carácter morfético revela la coherencia textual, pues el óleo se comporta como una unidad que ocurre en el campo de un determinado proceso comunicativo, resultado de intenciones y estrategias interactivas específicas. A la ausencia de cortes temáticos se une la de rupturas morféticas, todo posibilitado por segmentos formales o semánticos subsecuentes. Cromemas y formemas, en consecuencia, designan un conjunto de enunciados estilístico-funcionales. Este todo conviene, entonces, en un gráfico simbólico.

NOTAS

(1) Si identificamos los vértices del cuadro como A, B, C y D, siendo A el inferior izquierdo y señalando los restantes en dirección contraria a las agujas del reloj, tendríamos las diagonales AC y BD como determinantes, en cuanto color, del equilibrio compositivo.
Es de explicar. La diagonal AC toma en consideración directa un personaje barbado, una rosa, la Virgen de Guadalupe, un personaje de cabello castaño y barba no muy luenga, los cuales, para efectos del discurso, llamaremos, respectivamente, 1AC, 2AC, 3AC-BD (por ser el elemento medio de ambas diagonales), 4AC. La diagonal BD comprende un personaje femenino, una flor, la Virgen de Guadalupe, un personaje de cabello castaño y barba no muy luenga, los cuales consideraremos como 1BD, 2BD, 3AC-BD, 4BD.
1AC, 2AC, 3AC-BD y 4AC tienen al rojo por color análogo, aunque registran variaciones en intensidad, siendo 1AC de croma mayor respecto a 4AC, de croma menor. Todos los elementos de la diagonal BD ostentan el azul como color análogo, siendo las variaciones de intensidad desde 1BD, croma mayor, hasta 4BD, croma menor. El rojo y el azul, color cálido uno y frío el otro, conviven en 3AC-BD, haciendo de éste centro cromático del cuadro.





DIMENSIÓN SINTÁCTICA

Desde el punto de vista de la función, la semiótica prescribe a la escritura como proceso semiótico (Jurado Valencia, 1992, p. 38), concluyendo que la transparencia del lenguaje es una falacia. Para el óleo novohispano se ha visto hasta ahora el modo en que se representan las sustancias de contenido, esos esquemas conceptuales que buscan una salida en la interacción dialógica: sentido último del lenguaje. Se recibe e interpreta las imágenes de las ideas dadas por la pintura.
En esta perspectiva, los elementos se conexionan de forma coherente porque están sometidos a restricciones de orden modal que los incluyen en un determinado todo posible. Estas restricciones convienen al ámbito de las connotaciones (1), las cuales declaran que, a raíz de la reforma luterana, en la Sesión XXV del Concilio de Trento, celebrado en 1563, se dio el decreto de la “invocación, veneración y reliquias de los santos y de las sagradas imágenes”; texto breve y ejemplar que resume el criterio artístico eclesiástico. En este documento sobresalen cuatro puntos importantísimos en relación con la expresión pictórica, que habían de continuar vigentes en la producción barroca americana: a) honestidad de las representaciones y sus adornos, para eliminar figuras provocativas o deshonestas y apócrifas; b) censura absoluta para las imágenes desusadas y las implicaciones supersticiosas; c) énfasis en la función didáctica de la pintura, dedicada a la instrucción “de la ignorante plebe”; d) afirmación del valor simbólico, al insistir que el honor que se rinde a las imágenes “se refiere a los originales representados en ellas, cuya semejanza tienen” (Vargas Lugo, 1980, p. 138).
Desde antes de 1563, en Nueva España la Iglesia había tomado medidas para controlar la expresión artística. En el Primer Concilio Mexicano, en 1555, ya se había dicho que ni los indios ni los españoles hicieran imágenes sin que antes hubieran sido examinados, exigiéndose que las imágenes fueran honestas y estuvieran decentemente ataviadas. Diez años después se convocó al Segundo Concilio Mexicano para recibir, conocer y aplicar los decretos del ecuménico Concilio de Trento, aún en pintura.
Manuel Toussaint (1965) informa que las Constituciones Sinodales resultantes del Concilio de 1555 entregaban “prácticamente la pintura en manos de las autoridades eclesiásticas, pues la Iglesia pretendía hasta poner el valor y precio de las obras” (p. 34). Al parecer ante esta presión el grupo de pintores que para entonces existía en México, promovió la redacción de las primeras Ordenanzas de 1557, buscando defenderse de la inevitable libre competencia, ya que indios y españoles sin estudios “tienen por granjería nombrarse (pintores o escultores) y no lo son” (en Chinchilla y Aguilar, 1979, p. 30).
Las Ordenanzas, definibles como un conjunto de reglas, preceptos y mandatos de tipo técnico, como producto de su tiempo, no consideraron ninguna categoría intelectual o subjetiva en la elaboración de las pinturas. Son, sin remedio, producto rígido y fiel de las recomendaciones de los Concilios, con base, naturalmente, en el concepto escolástico artesanal del arte. Desde el punto de vista técnico las Ordenanzas exigían de los aspirantes a pintor verdadera habilidad en el oficio, pero los conocimientos teóricos se reducían a la historia sagrada y a los dogmas de la fe (Chinchilla y Aguilar, 1979, p. 39). Por lo tanto, si las Ordenanzas pudieron haber servido para defender los derechos de los pintores examinados, no ofrecieron ningún recurso para estimular la expresión. Pues el modelo que se siguió para la representación de los temas religiosos se recreó con base en un naturalismo relativo, convencional, se diría, exento de detalles particularizantes, sin acercarse a ningún grado de realismo (como el desarrollado en la España barroca) que pudiera restar espiritualidad a las figuras sagradas, las cuales, por lo general, tenían rostros inexpresivos, de facciones uniformes y actitudes reposadas como corresponde a su estado de gracia. (Los fieles –hay que recordar- no deberían ver en ellas a personas determinadas, de carne y hueso, sino sentir la presencia espiritual, santificada, digna de veneración.)
Lo anterior se desglosa bajo la concepción de que la función designativa del signo antecede a la significativa: (M O) I, es decir, el signo como medio que se relaciona con un objeto o tiene una función designativa, y esta función designativa del signo adquiere un significado para un intérprete. Hace presencia, entonces, el gráfico generativo de la introducción de los signos o M O I.
Todo la lectura hasta aquí realizada implica ver a la representación como una unidad intencional. Existe la intención del que ejecuta la representación y existe la intención del que ve (lee) la representación (2). En tal acto el puente, el lazo, es el código, que recae, aunque no necesariamente, en el campo de lo convencional, del hábito (Eco, 2000, p. 368). Cada haz de convenciones, ya sean simbólicas, ideológicas, de la percepción naturalista o perspectiva, refuerza la presencia de ciertos significados, reprime otros e instaura jerarquías (3). Se puede producir una reducción de los significados más evidentes a favor de los más ocultos, inconscientes o ambiguos; lo cierto es que cada elemento es portador de significados parciales que a su vez se agrupan en unidades superiores. Por ello, a pesar de los tres signos codificados, o, más bien, en razón de ellos, se dirá que se trata de una representación de la Virgen María como Inmaculada de Guadalupe, Reina del cielo.
Ello se verifica al captar el hecho fundamental de que para las dimensiones material y sintáctica corresponden dos gráficos de la introducción de los signos en los constituyentes M, O e I. Aquí se refuerza la presencia de la intención, pues se “declara” que el óleo María Inmaculada de Guadalupe, Reina del Cielo es un signo que no se da como objeto de la naturaleza, sino que viene introducido por una consciencia, que tiene una relación con los elementos morféticos y sintácticos de selección y fijación. En cambio, para la dimensión semántica lo que existe es un gráfico de una relación signo-objeto, la de carácter simbólico.

NOTAS



(1) Ello se da, según explica Martinet (1975), porque el plano connotativo aparece “como ‘un sistema cuyo propio plano de la expresión está constituido por un sistema de significación’” (p. 350).
(2) Véase Barthes, 1987, pp. 39-49.
(3) Fuera de convenciones cromático-simbólicas, como “negro-luto, blanco-luto, blanco-boda, rojo-revolución, negro-señorío, etcétera” (Eco, 1978, p. 23).



BIBLIOGRAFÍA

Barthes, R. (1987). El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y de la escritura. Barcelona: Paidós.
Bense, M. (1975). Semiótica. Barcelona: Anagrama.
Chinchilla y Aguilar, E. (1979). Ordenanzas de carpinteros, escultores, entalladores, ensambladores, y violeros de la ciudad de México. Buenos Aires: UBA.
Eco, U. (1978). La estructura ausente. Introducción a la semiótica. Barcelona: Lumen.
Eco, U. (2000). Los límites de la interpretación (3ª ed.). Barcelona: Lumen.
Goodman, N. (1976). Los lenguajes del arte. Barcelona: Seix Barral.
Jiménez Cano, A. (1995). Semiótica y estética. Estructuras semióticas del arte. Argonauta, IX (12), 39-53.
Jurado Valencia, F. (1992). La escritura: proceso semiótico reestructurador de la conciencia. Forma y Función, 6 (6), 37-46.
Martinet, J. (1975). La lingüística (2ª ed.). Barcelona: Anagrama.
Martinet, J. (1983). Claves para la semiología. Madrid: Gredos.
Mukarovsky, J. (1977). Escritos de estética y semiótica del arte. Barcelona: Gustavo Gili.
Robledo Galván, M. (1998). María Inmaculada de Guadalupe, Reina del Cielo. Artes de México, 29 (12), 45.
Toussaint, M. (1965). Pintura colonial en México. México: UNAM.
Vargas Lugo, E. (1982). La expresión pictórica religiosa y la sociedad colonial. Simposio Internazionale sul Barocco Latino Americano, (pp. 135-154). Roma: Instituto Italo Latino Americano.
Posted on 9:45 a.m. by Musa Ammar Majad and filed under , , , | 0 Comments »