A PROPÓSITO DE UNA CARICATURA DE ZAPATA


Un ridículo reptil, vestido a la usanza de los héroes nacionales, está arrodillado mientras eleva sus manos juntas y mira, en el pináculo de una cruz latina de madera, un letrero con la escritura “UH AH”. La figura está arrodillada en el suelo y dice, según una nube de diálogo que le pertenece, “…ahora y en la hora de nuestra patria o muerte, amén”. En el extremo inferior derecho se lee “XXI d. J.C.”; en el izquierdo: “ZAPATA”.
El diario El Nacional publica esta caricatura de Pedro León Zapata el domingo 25 de febrero de 2007. El análisis de este objeto conduce a la conclusión de la manifestación de un anhelo del caricaturista, un anhelo ya no privado, ya no secreto. Reclama, sin sutilezas, la venganza de la Historia. No en un mañana; ahora.
La venganza de la Historia tiene por sustancia el deseo de recobrar un pasado que, según las luces de razonamientos particulares, era la cúspide de la felicidad, de ese estado de gracia ya perdido por un presente, un fatuo presente, que, sin ningún escrúpulo, se lo robó. (Resulta válido en la historia contemporánea reciente, dividida, quiérase o no, en Repúblicas.) Recordemos que la interpretación de la Historia como decadencia es propia de la Antigüedad, que la expresó como doctrina de las edades del género humano. La sucesión de las cinco edades descritas por Hesíodo va desde la edad de oro, en la cual los hombres “vivían como dioses”, hasta la edad de los hombres, en la que están sujetos a toda suerte de males, a través de la edad de plata, de bronce y de los héroes que señalan la gradual decadencia del género humano.
Y esta venganza tiene por corolario la muerte, no como deceso, no como hecho que tiene lugar en el orden de las cosas naturales, sino, antes bien, en la simplicidad de esa relación muy específica que posee con la existencia humana, susceptible de ser nombrado con un sustantivo, con una sílaba, con un vocablo tan corto como un suspiro: fin. La cruz implica no sólo el asesinato, también el padecimiento moral y físico; además, claro, de constituir el único puente de comunicación con un hombre recordado y desaparecido, identificable por medio de una manifestación, eufórica en tiempos pretéritos al de la imagen: “UH AH”, a la que anexamos: “Chávez no se va”. Y se va, se fue, para el caricaturista, el cual nos coloca en una época inexistente, incierta, futura, para sugerirnos una idea: la desaparición física del innombrado, pero que, sin duda alguna, todos perciben, conocen, quién es.
No es este un procedimiento lícito para el ejercicio del humorismo, el cual resulta en una manera de enjuiciar, afrontar y comentar las situaciones con cierto distanciamiento ingenioso, burlón y, aunque sea en apariencia, ligero. El humorismo linda a veces con la comicidad y la ironía, sin que se confunda con ellas, y puede manifestarse en la conversación, en la literatura y en todas las formas de expresión, aunque, particularmente, lo hace en la caricatura, presentada como una “descripción o retrato exagerado o satírico de las peculiaridades de una persona, situación o hecho. Por lo general conlleva una crítica burlesca, pues se acentúan ciertos rasgos para ridiculizarlos” (Reyzábal, 1998, t. I, p.15).
Ya Gombrich (1973) ve un punto limítrofe entre la caricatura y el retrato, señalando que “los sociólogos nos han recordado cada vez con mayor frecuencia que todos somos actores y que interpretamos difícilmente uno de los papeles que nuestra sociedad nos ofrece, incluso los ‘hippies’. En la sociedad con que estamos familiarizados somos muy sensibles a los signos exteriores de estos roles y gran parte de nuestras categorizaciones operan a través de estas líneas” (pp. 25-26).
El humorismo, por tanto y sustancialmente, es una observación crítica sobre algo. Una observación; no un juicio, no una sentencia lapidaria sobre la vida de alguien. Quien hace eso es porque ya tomó partido; no la simple alianza de la simpatía, sino, antes que nada, la férrea relación con un grupo, un sistema, una alianza.
¿Qué es un reptil si no un animal de respiración pulmonar que las más de las veces tiene una temperatura alejada de la calidez? ¿Qué es si no un ser rastrero como la culebra? ¿Qué si no un bestia de patas cortas, condenada a caminar rozando la tierra con el vientre, como el lagarto? Es esa la mirada que el caricaturista tiene para unos hombres muy específicos. Aquellos que, disfrazados (porque el traje que lleva el reptil no es una vestimenta, es un disfraz) solicitan guía a un sacrificado (porque la cruz implica, tácitamente, el padecimiento).

Musa Ammar Majad
Posted on 11:36 a.m. by Musa Ammar Majad and filed under , | 0 Comments »

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