LA REDENCIÓN DE ARIEL SHARON


Veinticuatro años después de los acuerdos de paz para Galilea, Israel volvió, el año pasado, a bombardear a Líbano, incluso con bombas de fósforo prohibidas, causando 175 civiles muertos y la devastación del país. Acción ésta que no se justifica con los pretextos de liberación de dos soldados israelíes en manos de la resistencia Hezbolá y que deja, para muchos, en claro los propósitos reales de Tel Aviv y Washington, traducidos en planes hegemónicos en la región. La situación es fomentada por la ocupación norteamericana de Iraq. También en Gaza el ejército israelí comete un genocidio y ha dejado una catástrofe humanitaria. En el Consejo de Seguridad de la ONU, el veto estadounidense volvió a impedir la condena de Israel.
Como objetivo más inmediato, Israel se propone acabar con la resistencia de Hamas en Gaza y de Hezbolá en Líbano. Todo se mueve alrededor del desmantelamiento de esas milicias, sin que no haya nadie que defienda la dignidad de esos territorios. Para algunos la cadena resulta evidente: con Líbano dominado por Tel Aviv, amparado por Washington, sería más fácil dirigir un ataque militar contra Siria; luego le tocaría el turno a Irán. Por lo pronto, el propósito es asfixiar geográficamente a Damasco. Irán anunció que en caso de agresión a Siria, le brindará apoyo total a esa nación.
Mientras Israel agredía simultáneamente a los pueblos palestino y libanés, el veto de Estados Unidos a la resolución de condena en el Consejo de Seguridad anula cualquier rechazo a los ataques sionistas. A esto se aúna la indiferencia de la comunidad internacional y de la Unión Europea. Nadie sanciona el irrespeto de Tel Aviv a la Convención de Ginebra sobre el Derecho Internacional Humanitario en conflictos.
En una pública Declaración el argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, ha calificado a Israel como “un Estado terrorista”, señalando: “Es doloroso tener que señalar los comportamientos aberrantes que el Estado de Israel viene cometiendo contra el pueblo palestino, atacando, destruyendo, oprimiendo y masacrando a la población, mujeres, niños, jóvenes son víctimas de esas atrocidades que no podemos callar y debemos denunciar y reclamar”.
Pensemos en Ariel Sharon. “Homicida”, “asesino”, “criminal de guerra”, “terrorista”, “comandante en jefe de un escuadrón de la muerte”: ninguna de estas palabras podrán ser encontradas en las notas difundidas por la prensa luego del derrame cerebral sufrido por el Primer Ministro israelí Ariel Sharon. Ello no sorprende. Sharon ha sido presentado como “hombre de paz” luego de la retirada de Gaza aunque se haya señalado que su único objetivo era facilitar el mantenimiento de la ocupación ilegal de vastos territorios de Cisjordania. Más tarde, a raíz de su controversia con líderes más extremistas y que insistían en seguir soñando con el Gran Israel, Ariel Sharon fue presentado como “centrista”.
Se pretende olvidar (o lo que es peor, quizá se reconoce como una virtud) que Ariel Sharon comenzó su carrera en la organización terrorista Haganah. A inicios de los años cincuenta dirigió un escuadrón de la muerte, la Unidad 101, que asesinaba civiles árabes para obligar a sus familias a abandonar sus tierras. A la cabeza de este escuadrón masacró a toda la población de la ciudad jordana de Qibya. Convertido en general, en justicia de sus actos de heroísmo durante la Guerra de los Seis Días, invadió el Líbano con sus unidades por iniciativa propia y desobedeciendo las órdenes del estado mayor. Una vez en Beirut, rodeó los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila y comenzó a exterminar a la población. Al no contar con suficientes hombres, confía a las milicias cristianas del mercenario Elie Hokeiba la tarea de terminar el trabajo. Juzgado por crímenes de guerra por un tribunal israelí, se le prohíbe ocupar cualquier puesto ministerial.
A comienzos del siglo XXI realizó nuevas provocaciones, las cuales inducen a la segunda Intifada. Se descubre entonces que la decisión que le prohibía ser ministro no le impedía ser Primer Ministro. Promete reprimir la Intifada que él mismo había provocado y es electo Primer Ministro. Rompe entonces con los partidarios del Gran Israel y organiza el nuevo despliegue del ejército de forma que fueran ocupados todos los territorios posibles al tiempo que hace operativa su defensa. Burlándose de la comunidad internacional construye un muro para modificar las fronteras de manera unilateral, luego repliega a los colonos y a sus tropas detrás del mismo y anexa de forma definitiva una parte de los territorios palestinos. Participa al mismo tiempo en una operación de limpieza política que preveía la eliminación física de Yasser Arafat y otros líderes, la censura de las candidaturas palestinas más representativas y el arreglo de las elecciones palestinas, la elección por defecto de Mahmud Abbas y, finalmente, la creación de Kadima, su propio partido político.
A todo lo largo de su carrera militar y, posteriormente, política, Ariel Sharon fue culpable, directa o indirectamente, de abusos y asesinatos en masa contra las poblaciones árabes. Violó el derecho internacional y pisoteó las resoluciones de Naciones Unidas al privar a poblaciones completas de cualquier esperanza de justicia. Sin embargo, estos crímenes son apenas mencionados en la prensa que prefiere describirnos a un nacionalista convertido en pragmático en su ancianidad y que ofreció una oportunidad a la paz al organizar la retirada israelí de Gaza. Ningún diario recuerda que luego de esta retirada la aviación y la artillería pesada se encargan de bombardear las ciudades palestinas. Con ello, los cronistas, editorialistas y expertos demuestran un desprecio infinito por las vidas palestinas.
En The Independent, el ex ministro conservador británico de Relaciones Exteriores, Malcolm Rifkind, lamentó la desaparición de Ariel Sharon, acontecimiento que compara con el asesinato de Yitzhak Rabin. Paradójicamente, el autor no se esfuerza demasiado en ocultar los abusos cometidos por aquel cuya desaparición siente. Recuerda la invasión del Líbano, la masacre de Sabra y Shatila, la escalada de la colonización y la provocación de Al–Aqsa. Pero, no obstante, considera que Sharon era el único capaz de lograr que los israelíes aceptaran la existencia de un Estado palestino.
El psiquiatra y editorialista neoconservador, reciente promotor del empleo de la tortura en la “guerra contra el terrorismo”, Charles Krauthammer, lamentó en el Washington Post la desaparición de Ariel Sharon de la vida política, el peor desastre que sacude a Israel en los últimos sesenta años, según él.
Yoel Marcus, editorialista de Ha’aretz, el diario de referencia de la izquierda israelí, saluda al “Charles de Gaulle israelí”, al hombre electo por la extrema derecha que organizó la retirada de Gaza. Lamenta que los palestinos no hayan sabido aprovechar la “oportunidad”, pero afirma, llevando aún más lejos la lógica culturalista con relación a la llamada falta de contraparte para la paz, que “los árabes serán siempre los árabes”.
Aunque predominante en la prensa occidental, la representación positiva del Primer Ministro israelí se ve matizada por algunos autores valientes y muy aislados. De esta forma, Gideon Levy, editorialista de izquierda de Ha’aretz, publica una opinión contraria a la de su colega Yoel Marcus. En su opinión, el balance de la política de Ariel Sharon con relación a Israel es globalmente negativo. Recuerda que el Primer Ministro llevó a cabo la colonización de los territorios ocupados, lanzó la invasión israelí contra el Líbano y participó en el fortalecimiento de Hamas. Para el autor, la retirada de Gaza constituye un acto de contrición respecto de la primera política, pero señala que Hamas seguía sacando provecho de la política de Ariel Sharon y que en estos momentos las tensiones con Irán llegan al paroxismo.
Yasser Abed Rabbo, ex ministro de la Autoridad Palestina y negociador de la iniciativa de Ginebra, es uno de los pocos dirigentes árabes que puede ofrecer su opinión sobre el tema en entrevista concedida al diario Le Monde: recuerda por qué los palestinos no notaron el “cambio” en el ocaso de la carrera de Ariel Sharon. Menciona la incursión de Qibya, la masacre de Sabra y Shatila y la operación de Jenin, elementos que explican porqué, contrariamente a la opinión occidental, para los palestinos la desaparición de Ariel Sharon no es la de un hombre de paz.
Posted on 4:48 p.m. by Musa Ammar Majad and filed under , , , | 0 Comments »

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